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Todas las semanas tenemos un escándalo diferente. No importa cuando escuches el término corrupción, este repite con frecuencia, cambian los nombres, pero la trama es la misma. La cultura del espectáculo ha encontrado cabida en una sociedad poco analítica. Nos acostumbramos a la política del bochinche, de las denuncias y descalificativos. El guion parece armado por el ejecutivo de cuentas de Netflix, HBO o alguna gran cadena de entretenimiento, porque nos tiene cautivos y sin respuesta.

Candidatos con más bailes que propuestas, candidatos que no conocen sus competencias, candidatos que no representan ni a sus barrios, candidatos y miles de candidatos ungidos por el poder divino de la democracia a la cual dicen defenderla, pero a la hora de ser electos, se olvidan de ella y la mancillan. Hoy te piden el voto, mañana tu silencio.

En la actual contienda electoral, los ecuatorianos nos hemos convertido en los espectadores de un show que tiene de todo. Te causa ansiedad, desilusión, furia, tristeza, aunque también risa, pero muy poca esperanza. Este espectáculo no compite con el prime time, pues su formato es de un noticiero 24 horas, siempre presente, a donde vayas te encontrarás con las últimas novedades, siempre tendrás alguien con quien comentar sobre el candidato que fue “escopolaminado” y olvidó sus respuestas, otro que se cayó de la moto y ofrece eliminar la Agencia Nacional de Tránsito, otro es tendencia por sus bailes, otro parece interesante pero participa por el partida de un exasambleísta procesado por la justicia, otro que quiere a un prófugo en su gabinete y así, un sinfín de acciones que parecen absurdas, pero que nos tienen en la conversa permanente.

La verdad es que la culpa no es solo de los candidatos o los partidos, es momento de asumir la responsabilidad como ciudadanos. Nosotros hemos permitido que sean pocos los que tomen las decisiones de muchos. Nosotros hemos abandonado la práctica del diálogo y la crítica constructiva. Nosotros y solo nosotros dejamos que el arte de la política se haya denigrado a un nivel bochornoso. Lo más triste, es que esta realidad, refleja la que somos. Lo que vemos en televisión, escuchamos en radio y leemos en redes sociales es la idiosincrasia del ecuatoriano.

Si analizamos las quejas de la ciudadanía hacia los candidatos, nos daremos cuenta que la mayoría son cosas que hacemos a diario, por eso nos molestan tanto y exigimos que los políticos sean seres perfectos, porque no tenemos ni la más remota intención de hacernos cargo de nuestros errores, por eso creemos que con votar es suficiente, cumplir y listo, la ley del mínimo esfuerzo, una de las pocas que leyes que respetamos y que nos identifica.

Hoy tenemos la oportunidad de no ser parte de este show. Hoy estamos obligados a cambiar la historia, a dejar el espectáculo y ser protagonistas. Si tú hoy no te involucras, mañana no te quejes de las decisiones que se toman entre cuatro paredes. Si hoy dejas en manos de otros tu destino, jamás serás libre. Yo creo en un cambio profundo, el que debe empezar por uno mismo. Como decía el gran Ernesto Sábato:

“Creo en los cafés, en el diálogo, creo en la dignidad de la persona, en la libertad. Siento nostalgia, casi ansiedad de un infinito, pero humano, a nuestra medida” La resistencia.

David Jiménez

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