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El anuncio del presidente Guillermo Lasso de eliminar la obligatoriedad de llevar mascarillas en espacios públicos y privados alegró a muchos. Tras dos años y un poco más paulatinamente nos vamos a ver los rostros descubiertos.

La pandemia fue un golpe fuertísimo que nadie imaginaba. Parecía que estaba muy lejos de llegar al país. En los noticieros veíamos cómo en China todo ese vendaval de infectados agonizaba en los hospitales. No había un sistema de salud que aguante esa arremetida.

De manera vertiginosa el virus se desplazaba por Europa y no tardó mucho en llegar a Latinoamérica. Todavía está latente la noticia del primer caso de coronavirus en Ecuador. Una mujer proveniente de Italia dio positivo a COVID – 19 y a los pocos días falleció.

El país se sumergió en un caos en breve tiempo. Todos los días escuchábamos cómo el virus se propagaba. Las imágenes de cuerpos tirados en veredas o en hospitales, intrigaban. Parecía una película de terror.

Y ni hablar de la viveza criolla. Los pillos no tardaron en especular con las medicinas. Los contratos de elementos de bioseguridad con sobreprecio no podían faltar. Hasta insumos médicos de la red de salud pública aparecieron en la casa de un expresidente. Y cómo olvidar la “puñetiza” del exdefensor del Pueblo con el exministro de Salud.

Pero lo más doloroso fue despedir a los amigos y familiares. El corazón se estremece. Familias desesperadas por encontrar una cama UCI. Algunos las conseguían, otros no. Varias personas tuvieron que vender sus bienes o endeudarse para costear los gastos hospitalarios. A las personas de escasos recursos se les hacía imposible realizarse una prueba PCR.

La economía se derrumbó. Algunas empresas aprovecharon las crisis para despedir a los empleados; sin embargo, otras hicieron esfuerzos para mantener a su nómina completa, bien por ellas. Asimismo, el efecto migratorio de los años noventa se repetía. Muchos compatriotas salían de forma clandestina en busca del sueño americano.

Esperemos que esta nueva etapa pospandemia nos sirva para ser mejores seres humanos y que la resiliencia nos motive a un crecimiento personal. Pero, ante todo, andemos con cautela porque esto todavía no ha acabado.

Por: Santiago León

Comunicador Institucional

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